Martes, 26 Agosto 2014 13:49

Entrevista en BOCAS: Maurice Armitage

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Maurice Armitage, empresario caleño, presidente y propietario de la Siderúrgica de Occidente. Maurice Armitage, empresario caleño, presidente y propietario de la Siderúrgica de Occidente. Evelyn Soto

En los primeros días de enero de 2002, Norman Maurice Armitage se fue de pesca con seis amigos a bahía Málaga, una de las joyas más biodiversas del planeta, en la costa pacífica vallecaucana. Llegaron en un vuelo ultraliviano –una de sus aficiones–, para una estadía de tres días. Pero los pescó el frente 57 de las Farc y se llevó aquel botín de seis cabezas selva adentro, a la espesura del Chocó.

El secuestro duró cerca de mes y medio. Todo dependía de la rapidez del desembolso que cada uno hizo por recobrar su libertad.

Un suceso doloroso y dramático, que este empresario concibió a la postre como “paseo ecológico”, quizá como mecanismo de supervivencia, o porque realmente es un hombre acostumbrado a ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío. Y la vida se encargaría de llenárselo, increíblemente, con otro plagio, un domingo de abril de 2008. Cuando salía de su finca en Jamundí, un grupo de hombres lo bajó violentamente de su carro, lo subió al baúl de otro y se lo llevó amarrado, vendado y amordazado rumbo a la cordillera.

Le dijeron que lo entregarían a “el Viejo”, con quien tendría que negociar. Nunca lo conoció ni supo si era un guerrillero, pero las autoridades determinaron que sus captores eran delincuentes comunes que querían “venderlo” a la subversión. No obstante, la rápida movilización de las fuerzas armadas, por tierra y aire, conminó a los secuestradores a soltar a su presa en un punto entre las montañas para luego huir.

Aquella pesadilla duró cuatro días y remató con la confesión de una traición: fue su mayordomo, influenciado por familiares de su esposa, la ficha clave en la planificación del plagio. Pero Norman Maurice, a quien no le gusta su primer nombre (seguramente porque le parece demasiado normativo para una persona totalmente salida del estándar), pasó saliva y lo perdonó. ¿Cómo? Se puso en sus zapatos, facilitó los medios para su defensa ante la justicia y le brindó ayuda económica a su familia. Le ofreció una segunda oportunidad. Oportunidad, una de sus palabras favoritas (en esta conversación la repitió 31 veces). Genuina misericordia la de este ateo sentimentalista nacido un 14 de febrero –Día de San Valentín–, valerosa enseñanza para su esposa, dos hijas, cinco nietos y cuatro hermanos.

Pero no ha sido la única. Como empresario reparte utilidades entre sus trabajadores y, como filántropo, no duda en tenderle una mano al más desvalido de Siloé, donde se concentra la acción social de la Fundación Sidoc.

Está tan apegado a su terruño que cuando viaja a Bogotá por reuniones laborales que se extienden más de un día, prefiere devolverse a Cali y volar de nuevo la mañana siguiente. En su oficina tiene un cartel que dice “trabaje duro y sea buena persona”, y esa es su punta de lanza en la vida. Trabajar, trabajar y trabajar es la herencia de su mamá, quien no quiso que él estudiara en “un colegio elegante”, sino en uno público. La lección era que cada cual debe hacerse a pulso y que nadie está por encima de nadie. Y la aprendió. Recientemente, durante una reunión privada en Cali entre empresarios, autoridades y líderes gremiales con el ministro de Hacienda, cuando le llegó el turno de presentarse dijo simplemente: “Yo soy Maurice Armitage, trabajador”.

Usted es más caleño que la lulada y el aborrajado juntos, pero el nombre despista…

Es que mi padre era inglés, y mi mamá, paisa. Yo nací en Cali y nunca he salido de Colombia; he vivido básicamente en Cali.

¿Qué trajo a su padre al país?

Mi papá vino a trabajar inicialmente con el Banco de Londres, era contador, y después terminó trabajando en otras cosas. Nunca fue adinerado. Mi mamá era una paisa aguerrida, muy trabajadora, tuvo un almacén.

¿Y usted qué estudió?

De todo y de nada. Estudié economía en la Universidad del Valle. Después, derecho en la Universidad San Buenaventura. Luego hice cursos en la Universidad de los Andes, pero no me gradué porque me casé, y en esa época para uno acostarse con la novia tenía que casarse, entonces me casé muy joven, de 24 años. Los siguientes diez años no hice sino tratar de sostener el nivel de vida.

¿En qué trabajó?

Hice muchas cosas. Solo fui empleado una vez, que fue recién casado: estuve dos años en Sidelpa, una siderúrgica. Allí conocí lo del acero –que es el negocio nuestro– y de ahí en adelante tuve diez mil intentos de trabajo: tuve una fábrica de papitas fritas, puse una empresa de corte y transporte de caña en los ingenios azucareros. Después una fábrica de tableros de bagazo de caña y, al final, para no hacer un recuento de tantas cosas, cuando cumplí 38 años me asocié con un primo de Augusto López, compramos una empresa quebrada en Cali llamada Fundente y de allí nació Sidoc, que tiene 28 años de fundada. Hemos tenido éxito, he-mos funcionado bien. A través de Sidoc logramos montar una cementera y un ingenio azucarero en el Valle. Hemos trabajado duro, he tenido dos secuestros, pero aquí estamos.

Cuando a uno lo secuestran por primera vez no sabe lo que le espera, pero la segunda tal vez sí...

No. La primera vez estábamos con un grupo guerrillero que nos trató bien. Pero la segunda sí fue violento, amarrado, con los ojos tapados, ametralladoras… La primera vez teníamos la fortuna de estar juntos.

¿Cuántos eran?

Seis. No había problema en cuanto a que anímicamente estábamos acompañados. A los que les tocó de último de golpe sufrieron más, como al médico, que era el que más capacidad tenía de pagar y el que se aferró más a no hacerlo; terminó de último pagando más que todos, le tocó más secuestro y más plata. Inclusive tuvimos que hacer vaca para que soltaran a varios compañeros.

¿Tenía la certeza de que iba a sobrevivir?

No. En el primer secuestro yo me entendí mucho con los guerrilleros: en el mes y medio que estuve les enseñé aritmética, hablábamos, les echaba cuentos…, me hice amigo de ellos. Como he tenido la oportunidad de trabajar con gente de estrato 1 y 2 sentía que podía llegarles. En el segundo secuestro, al final no me estaban tratando tan mal y los convencí de que nos teníamos que ir de ahí porque si no nos iban a matar.

¿Lo dejaron libre porque el perifoneo de las Fuerzas Armadas en la zona asustó a sus secuestradores?

Sí. Yo no voté por Uribe, pero tengo que agradecer que estoy vivo por cuenta suya. En el segundo secuestro la presión militar fue tenaz, les faltó que mandaran un submarino por una acequia a buscarme, y fue tal la presión que a los tipos les tocó soltarme.

Después de esa experiencia traumática, ¿por qué le dijo al Gaula: “A estas personas hay que ayudarles”?

Cuando vos tenés la capacidad de convivir cinco días con un ser humano y lo ves, dices: “Carajo, es que es gente muy humilde, el medio los lleva a eso”. Esos pobres muchachos, cuando se vieron rodeados y que el secuestro les fracasó, estaban más angustiados que yo. No cogimos a los que se “cranearon” el secuestro; a esos sí hay que tratar de que la justicia se les aplique toda, pero los que actuaron eran víctimas. Ese mayordomo llevaba cinco años trabajando conmigo. Llegaron unos parientes del Caquetá –malas personas– y le dijeron: “Déjese de pendejadas que a usted le vamos a dar 100 millones de pesos mañana, entréguenos a Maurice”. El tipo cayó y, después, me contó todo. Cometió un error, y uno puede cometer errores en la vida. El tipo era tan bueno que terminé ayudándole.

¿Es cierto que pagó 15 millones de pesos en honorarios de abogados para ayudarlo?

Inclusive un poquito más. Los otros dos están huyendo y nunca quisieron aceptar la cosa. Pero él colaboró y yo le pagué el abogado porque conozco a su familia, a su hija y a un nieto que tenía. Le dije: “Mire, todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad”.

¿Él le pidió perdón?

Sí. Mientras lo sacaban libre [tras acogerse a un principio de oportunidad, en medio de un proceso judicial], no conseguía trabajo en ninguna parte, entonces durante dos años le pagué el arriendo para que pudiera vivir en una casa en Santander de Quilichao. Ahora ya salió libre y le acabamos de conseguir trabajo.

¿Es más aleccionador el perdón que la justicia?

El perdón, en Colombia, tenemos que ponerlo como norma. Si no perdonamos este va a seguir siendo un país violento.

¿Debe estar por encima de la justicia?

Yo creo que sí. Es una cosa dura de decir, pero todo el mundo tiene derecho a que se le perdone.

Nelson Mandela rompió la barrera del odio con la convicción de que todo ser humano, por más ruin que fueran sus actos, merecía respeto, y ese fue el camino para su gran propósito: ganarse a sus enemigos. ¿Cómo logró usted vencer esa barrera?

Por naturaleza no cargo odio, no sé si sea un defecto o una cualidad. Puede ser que haya momentos donde uno tenga ira y dolor, pero en la medida en que uno recapacita y analiza, el odio no existe ni debe existir. No tenerlo me ha dado muchas cosas buenas; cuando uno está cargado de odios, resentimientos y deseos de venganza y castigo no vive tranquilo.

¿Cree que los colombianos logremos eso siendo una sociedad tan revanchista?

Tenemos que llegar a eso, trabajarle a eso. He visto gente que sí ha estado afectada por la violencia y que no solo piensa, sino que actúa sin odio. Hay que jalarle al perdón pero multiplicado por mil.

Estando atado de manos, con los ojos vendados, privado de alimento y bebida y con el corazón destrozado, como ocurrió en su segundo secuestro, ¿uno a qué se aferra para sobrevivir?

A la vida. Uno no se quiere morir [la voz se le quiebra sutilmente y sus ojos se aguan].

En esas circunstancias tan dramáticas, ¿apareció Dios en algún momento?

Vivo convencido de que Dios es el comportamiento de uno. ¿Cómo lo identifico? En la medida en que sea buena persona Dios está allí metido contigo [pone la mano en el pecho]. Nunca he sido estudioso de eso, lo único que he hecho es trabajar. Creo que uno es rico en la medida en que necesite poquito. Yo me doy gusto, ¿en qué? En moto, me encanta andar por todo el país [tiene dos, una Yamaha y una BMW]. El resto es trabajar y tratar de ayudar a la gente.

Aunque se confiese ateo, parece ser mejor cristiano que cualquiera.

[Se ríe] ¡No, ojalá! Yo también tengo muchos defectos.

¿Cómo cuáles?

Muchos. En este mundo ser bueno es fácil, ser justo es muy difícil.

Después de todo ese avatar en su vida, ¿a qué debe su éxito?

Lo debo básicamente al manejo de la gente. Siempre me ha tocado inicialmente trabajar con personas de nivel educativo muy bajo…, conocí al obrero, al trabajador, conocí sus angustias, sus problemas, sus cosas, y eso me hizo tener mucho éxito en Sidoc porque era una empresa pequeña que nació más por el compromiso humano de la gente que por el capital que tuviéramos. Se montó con unos equipos viejos, pero le pusimos mucha garra con la gente, la comprometimos mucho. En este momento tenemos 700 trabajadores y nunca ha habido ni siquiera un amago de nadie de sindicalizarse. La gente trabaja feliz.

Su empresa reparte utilidades entre sus empleados…

Repartir utilidades es una forma de ser eficiente. Desde el portero hasta el gerente están involucrados en ver el éxito de la compañía, que no es del dueño sino de la gente que trabaja allí, y en la medida en que compartas las noticias buenas y las malas comprometes a la gente. Cada mes nos reunimos con todos, analizamos cómo nos fue en el mes anterior y nos ponemos metas de producción. Durante los últimos 10 años hemos repartido utilidades. El año pasado tuvimos que cancelar dos meses el reparto y todo el mundo lo entendió y asumió que estábamos en una situación difícil. Lo más importante en la vida es que la gente tenga confianza en ti. Cuando un empleado no tiene confianza en el patrón porque cree que lo está explotando, está mal. La mayoría de los empresarios le esconden a la gente su negocio, y en eso los europeos y los gringos nos llevan años luz; aquí en Colombia somos muy dados a esconder nuestras propias realidades. Cuando comprometes a la gente en las buenas y en las malas tienes autoridad moral para decir: “Tenemos que apretar y ser más eficientes”.

¿Cómo se combate esa codicia casi instintiva del ser humano que, en el caso de Colombia, la tiene dentro de los diez países más inequitativos del planeta?

Creo que uno no debe pagar lo que la ley le dice, sino lo que uno como empresa puede pagar. En la medida en que los colombianos que generamos empleo le demos oportunidad a la gente de pagarle más por su trabajo, la economía se reactivará más. Tenemos que romper el círculo vicioso de la pobreza; somos un país pobre porque la gente no gana plata y los poquitos que tenemos la oportunidad de que la gente gane nos preocupamos más por no pagar mejores salarios, no repartimos el ingreso.

Un empresario bien puede argumentar que para eso paga impuestos y salarios conforme a la ley, además de ofrecer trabajo. ¿No es suficiente?

Yo diría que no. En Colombia tenemos que reactivar la economía, que la gente con empleo tenga capacidad de consumo para que la misma industria se multiplique.

¿Cree que el salario mínimo es justo en Colombia?

En muchas empresas donde la mano de obra no cuenta mucho la gente no paga más. ¿Por qué? “Porque es lo que dice el mercado”. Y tenemos un mercado que lo maneja gente de manera restringida. De golpe en un país desarrollado eso que hacemos nosotros (repartir utilidades) no se nota mucho, pero en Colombia, donde la gente vive pendiente de no pagar más y dice que la mano de obra le cuesta mucho, se nota bastante.

¿Cuánto recibe el que menos gana en Sidoc?

El que menos gana se gana $1.400.000, la que reparte los tintos.

¿Eso además de la repartición de utilidades?

Incluida la repartición de utilidades.

¿Cómo venderle esa idea al empresariado?

Si quienes tienen capacidad de tener empleados de ese nivel piensan que la gente tiene que ganar más plata, la economía se revierte. Yo no voté por Santos [hace cuatro años], pero ahora sí voté por él porque, después de 69 años, es la primera vez en la vida que veo una luz al final del túnel en términos de violencia. El solo hecho de llegar a un acuerdo con las Farc es importantísimo, nos va a cambiar el esquema de la relación entre los colombianos, y eso implica que los industriales y quienes generan empleo tienen que cambiar.

Si las negociaciones en La Habana resultan exitosas, eso implica el cese de la confrontación entre dos actores. La construcción de la paz es otro proceso mucho más complejo.

Claro, y nos demoraremos 10 o 20 años haciendo la paz.

¿Y cómo se logra eso?

Cambiando de actitud; tenemos que dar ejemplo para que la gente cambie de actitud, y para eso los colombianos tienen que estar dispuestos a aportarlo todo. Uno no solo tiene la obligación de pagar impuestos y generar empleo, sino de generarle bienestar a la gente que lo rodea, ¡tenés que generar bienestar!

¿Cómo hacer que ese mensaje cale en la gente?

Hay que empezar a dar, y hay mucha gente que lo está haciendo. Nunca me olvido que en el Club Campestre, en la época en que jugaba golf, estábamos sentados varios amigos después de terminar de jugar y llega una americana y nos dice: “Señores, ¿cuánto se estila aquí dar de propina al caddie?”. Y saltó uno y dijo: “Vea, no le vaya a dar más de 5.000 pesos que nos los daña”. ¿Me entendés? Es una mentalidad de creer que el que tiene algo de dinero es hábil en la medida en que no le dé a los que están más abajo. Hay que cambiar eso. Yo peleaba mucho con mi mujer porque de golpe iba y le pedía rebaja al que le vende aguacates en el semáforo. Le decía: “No le pidás rebaja, todo lo contrario, compráselo bien caro, distribuí el ingreso”. Ahora todos estamos comprando palco en el cielo con ese cuento de la responsabilidad social empresarial. Todo el mundo está diciendo: “Ya no me voy para el infierno, sino que me voy, por bajito, al purgatorio, o ya estoy consiguiendo palco en el cielo porque estoy haciendo responsabilidad social”. Resulta que no se trata de eso, se trata de que usted tiene que repartir más de lo que tiene porque si no no vamos a lograr un país justo ni a acabar la desigualdad, y eso tiene que ir acompañado de que la economía se mueva.

Eso es espíritu socialista con metodología capitalista.

Yo creo que el mundo necesita mucho de socialismo. Tengo un adagio en la fábrica: “Nosotros nos ganamos la plata con el capitalismo y nos la tenemos que gastar con el socialismo”.

¿Es posible combinar los dos modelos?

Pues claro, uno lo ve con Bill Gates y Warren Bufet. El sistema capitalista hace eso o colapsa.

Disculpe la insistencia, pero es que la codicia está muy arraigada. ¿Cómo se rompe?

En eso, siendo yo medio ateo, o bastante ateo, tenés que impregnarle un poquito de sentimiento religioso o, llamémoslo espiritual, y bastante socialismo. El capitalismo se impuso en el mundo para producir, para ser eficiente, y eso todos los días lo tenemos más claro en la fábrica (con todos los empleados): si tú no te apersonas como dueño, esa vaina no funciona. Así como eres de bueno, tienes que ser exigente con la gente y tienes que repartir; si no repartes y no das oportunidades, estaremos en una sociedad cada vez peor. De qué sirve tener plata si te sentís mal porque hay tanta desigualdad en la repartición de la riqueza. Eso hay que romperlo.

Ahora, por el otro lado, ¿no cree que algunos colombianos están demasiado acostumbrados a pedir y recibir sin esforzarse con trabajo duro?

Eso tiene algo de cierto, pero no en un volumen importante. Creo que los colombianos necesitan oportunidades; habrá gente que las tome y habrá gente que no. Pero yo te digo que si le das oportunidad a la gente, la gente responde; habrán lunares , pero son muy pequeños. No es regalar, es dar oportunidades.

¿De dónde adquirió esa confianza tan férrea en las personas?

Estudié en un colegio público donde uno veía a todo el mundo, y uno aprende a conocer a la gente de abajo.

¿Y eso qué le enseñó?

Que la gente de abajo es muy buena, solo que hay que darle oportunidades.

¿Lo sostiene pese a haber pasado por episodios tan trágicos como dos secuestros?

No solo soy capaz de sostenerlo, sino que es una realidad. Cuando estuve secuestrado en el Chocó, con el frente 57, tuve oportunidad de charlar con esos pobres guerrilleros y ver qué los llevó a estar metidos allí, el susto en el que se la pasaban, la calidad de vida que tenían, sus perspectivas… Y uno dice: “No, es que la oportunidad que les dio la vida fue meterse en esto y no más”. Si la gente no tiene oportunidades de progresar siempre se generará un ambiente violento en el país.

Dicen que una persona tan optimista es porque está mal informada, ¿es su caso?

Puede ser. Bueno, después del segundo secuestro montamos un departamento de seguridad en la empresa y estoy superacompañado de las autoridades. Me ha tocado desde hace tres años andar con escoltas. No es porque yo lo considere, sino porque a mis hijas les tocó muy duro, mi familia entró en paranoia. Uno como secuestrado sufre menos que la familia porque uno dice: “Bueno, aquí voy a sobrevivir”, y uno se concentra en sí mismo. Pero les he dicho a mis escoltas que no me cuenten nada porque me vuelven paranoico y no quiero serlo. Soy de las personas que paran en una tienda, se toman una Coca-Cola con un pan, charlan y se mueven con mucha tranquilidad.

Cuando va a Siloé, donde se concentra el trabajo de su fundación, ¿va con guardaespaldas?

No, y si voy con ellos les digo: “Ustedes tienen que dejar las pistolas en el carro, no las lleven”. Inclusive cuando inauguramos el parque que hicimos allá le dijimos al alcalde: “Mire, si va a ir no lleve Fuerzas Armadas”. Queremos cero violencia y cero política, porque al principio creían que íbamos detrás de votos. Eso ha hecho que la gente nos crea.

¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas y a la gente mala le pasan cosas buenas?

Creo que a la gente mala también le pasan cosas malas. Pero si a la gente buena le pasan cosas ma-las nos da la oportunidad de que los malos reaccionen y digan: “Le hice daño a esta persona, me perdonó, me está ayudando a que me reforme, a que me reactive, a tener una segunda oportunidad”, y eso hace que este país vaya para adelante. Yo diría, sin desear que a nadie le pase nada malo, que es mejor que le pasen las cosas malas a los buenos y no a los malos, porque los malos traen más retaliación y más odio.

Fuente: http://www.eltiempo.com/bocas/entrevista-en-bocas-maurice-armitage-el-empresario-caleno-que-perdono-a-las-farc/14434655

 Foto: Evelyn Soto

 

 

 

Modificado por última vez en Miércoles, 10 Septiembre 2014 15:12